domingo, 13 de enero de 2019

Domingo de lluvia


Un domingo de lluvia es como un día estropeado. O como ocasión para el regreso de esa rara sensación de placer que sentimos mientras cae el agua.

Yo, que preví levantarme hoy a las 6:10 a.m, desperté poco antes con el familiar sonido de un aguacero sobre las tejas de zinc del techo de mi casa. “Sigue la lluvia”, me dije, pero sin imaginar que sería otro de esos días en que amenaza con lo incesante.

En minutos, y en horas, Baracoa se hizo agua. La gente eran barcos varados en portales y tras ventanas; las calles, como siempre, eran arroyos contenidos por falta de drenaje. Así lo vi caminando con una toalla encima, zigzagueante, de salto en salto, de salpica en salpica.

Para mí lo repetitivo había sido que desde temprano quisiera hacer una foto, y que a pesar de haber “inundado” de agua el sitio digital para el cual laboro con varias crónicas sobre la lluvia, me naciera hacer otra.

Ahora, con el cielo gris sobre la ciudad a lo londidense y al final de estas letras, reparo en que otra vez me humedezco, me mojo, me empapo, y casi sin importarme. Sin darme cuenta.

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