lunes, 31 de diciembre de 2018

Más muertes, menos eficacia


No hay cómo parar el drama de los accidentes de tránsito en Cuba. Entristece saberlo, sobre todo porque tampoco hay cómo explicarse el rol de la lógica y la justicia en contra de los culpables.

Cansa ver tanta muerte, traumas, lesiones, dolor familiar y social;  tanta negligencia en los choferes y tanto desangramiento económico en un país que necesita hasta del más mismo tornillo.  

Poco ha servido la propaganda para evitar la proliferación de tragedia en las vías, la penalización a los conductores hasta la posible suspensión de la licencia a causa de infracciones, y hasta la escasa circulación de vehículos en calles y carreteras, respecto a lo necesario.

A esta hora no sé, ni me interesa, saber si los accidentes disminuyeron o aumentaron de un año a otro. Lo preocupante es que la irresponsabilidad campea por doquier, y que nos corroe la impotencia del nada poder hacer.

No son pocos los que piensan que en cuestión de justicia, en Cuba se es benevolente con los choferes que provocan sobre todo los accidentes más graves. En definitiva un día pueden volver al volante, como si el daño que hicieron se enterrara según se entierra a un muerto.

Es lamentable además que los familiares de un fallecido y la gente en  general se queden sin saber qué sucede con los culpables. Pudiera aparecer en la prensa, que muchas veces ni siquiera da a conocer antes la causa de lo sucedido, el nombre del que violó, la historia completa del qué pasó.

Lo curioso está en preguntarse si lo inconcluso de la información depende del periodista, o de la falta de voluntad para ofrecer datos por parte de las personas autorizadas a personarse en el lugar de los hechos para investigar.

Claro que no todo se tiene al instante, pero el deber de informar no tiene momento porque es todo el tiempo, y pretender ocultar lo relacionado con desgracias que cuestan vidas por transgresiones es,  literalmente, criminal.

Por razones como estas, hoy la lucha contra los accidentes del tránsito está perdida. Lo dice la realidad, y la sensación de que si un daño se repite, aunque sea igual, es peor.