Lo de Baracoa es una novela, o más bien un drama, porque las lluvias a diario durante más de un mes luego del huracán Matthew tienen a las personas aquí con “los pelos de punta”.
Las precipitaciones que no trajo consigo el devastador fenómeno meteorológico del pasado 4 de octubre llegaron tres días después, cuando el sol parecía iluminar el alma de gente que sumaba pérdidas, dolor e incertidumbre.
Toda esperanza de que las condiciones climatológicas cambiaran pronto se fue desvaneciendo, y se pasó de la resignación asociada a Baracoa como el lugar donde más llueve en Cuba, al lamento de que el agua no deja hacer nada.
Si la persistencia de la lluvia puede dañar se muestra en cómo obstaculiza el proceso de recuperación que viven las familias baracoesas, ocupadas en un largo proceso de reunir los materiales necesarios para levantar o reconstruir sus casas.
El gran beneficio lo mismo de cuando cierne, llovizna o cae un aguacero lo reciben las plantas, que exhiben retoños y un tímido verdor en troncos y ramas truncas.
La caída del agua no tiene hora ni límite, pero ahora el daño sin fondo para algunos se produce en las noches y las madrugadas, cuando se intenta conciliar el sueño y puede que permanezcas en guardia, o te bañes sin moverte de sitio.
Si alguna vez clamamos que el calor se transformara en frío y la luz del sol en humedad, hoy pedimos que al fin, ¡por Dios!, pare de llover.
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