"Si
yo me cultivo, ¿tú me cosechas?", me dijo mi esposa mientras yo me
bañaba, y como repuesta solo pude emitir un sonido gutural a causa del
jabón espaciado alrededor de la boca.
Ella
había ido a mí siguiendo el impulso ya rutinario de pararse en la
puerta abierta del baño y hablar mientras me aseo, por temer que luego
falte comunicar lo que más urge.
Luego
me dijo que su pregunta nació en un segundo mientras cocinaba y
concebía qué regalarnos el Día de los Enamorados, y a mí se me ocurrió
pensar que después de aquello ya no habría que esforzarse en
complacernos.
Lo
digo sobre todo por la sonrisa diáfana, casi infantil que esbozó ella
al relacionar antes lo de la siembra y la recogida, y porque ambos
inferimos que sobraría una respuesta.
Entonces, desarmado, tuve que creer que sí, que si ella se cultiva, trataré de cosecharla.
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