sábado, 26 de septiembre de 2015

El Papa en Cuba



La visita del Papa Francisco a Cuba hizo rememorar aquella antológica frase de Juan Pablo II en la que deseaba que este país se abriera al mundo, y viceversa.

Desde la propia invitación cursada al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica para que estuviera en la mayor de las Antillas hubo  continuidad de la política gubernamental de acercamiento entre la Iglesia y el Estado, mientras los cuatro días de permanencia del vicario cerca de los cubanos fue casi una apoteosis de tolerancia, comprensión y agradecimiento institucional y público.

Si uno se pregunta por qué tanta gente deseaba la visita apostólica del Jefe de Estado del Vaticano aquí tendría que responderse a partir del necesario respeto a las creencias, el deseo de entendimiento, las manifestaciones de fe y hasta la ocurrencia de milagros.

Para algunos lo milagroso comenzó con el indulto de más de 3 mil reclusos cubanos poco antes de la llegada del Papa y a solicitud suya; para otros había empezado con la posible influencia del religioso como mediador en el diálogo que durante 18 meses sostuvieron La Habana y Washington para tratar de normalizar relaciones bilaterales  demasiado tiempo laceradas.

Tampoco faltan quienes le atribuyen rol de precursor, por el hecho de anunciarse después de su partida hacia los Estados Unidos el acuerdo de Justicia Transicional entre las partes que intervienen en los diálogos de concordia para Colombia.

Ya Su Santidad había considerado en la misa que ofició en la capital cubana que “no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación, causando un inmediato sentimiento de aprobación y simpatía.

Posturas e interpretaciones tales han hecho pensar y decir en muchos lados que el actual Papa es o parece más político que religioso, algo también basado en sus cuestionamientos a la distribución de la riqueza y su oposición al descarte social y a la pobreza.

De cualquier manera, la verdadera política del Papa está en su visión abarcadora de las cosas y el deseo de transformarlas en nombre del catolicismo a favor de perdedores, abusados, excluidos, incomprendidos y quienes deciden abrazar la idea de que de un segundo a otro la vida puede ser mejor.

Por eso los asistentes a las misas del Sumo Pontífice, los presentes  dentro de los templos y en derredor y los telespectadores se mostraron tan efusivos frente a los discursos impresos o improvisados de quien habló del valor de la familia, la amistad, la necesidad de revolucionar la ternura y el derecho de soñar, soñar y volver a soñar.

En concepto de protección, fue emotivo escuchar al Jefe del Estado del Vaticano cuando dijo que “la patria cubana nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad”, la que desde el Santuario del Cobre “custodia nuestras raíces, nuestra identidad, para que no nos perdamos en caminos de desesperanza”.

Lo dicho y hecho por Jorge Mario Bergoglio en este país responde a  su declaración de que “…se sirve a las personas, no a las ideas”, una expresión perturbadora para ciertos olvidados de que no hay nadie completamente desideologizado, y de que por delante de la conciencia, siempre estuvo el ser.

El valor definitivo de la visita del Papa Francisco en una nación que cambió el carácter ateo del Estado por el laico en la Constitución de la República radica en el credo popular, ahora reforzado, de que la esperanza renueva, la fe eleva y los prodigios existen.                                                                             

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