lunes, 16 de febrero de 2015

Con la mente empolvada



Lo que se habla hoy en Cuba sobre servicios comunales es mucho, y lo será mientras sea insuficiente la logística para garantizar la recogida de desechos de todo tipo diseminados por doquier, y en cualquier región del país.


Pero criticar en contra es muy fácil si lo hacemos con un dedo acusador y la voz dirigidos hacia otros, sin mirar hacia uno mismo y considerar el compromiso individual en torno a ese espacio que queremos limpio, y si fuera posible, impoluto.


Baracoa, como ciudad, es un lugar donde la responsabilidad ciudadana dista bastante de la necesaria para habitar en un espacio libre de suciedad, de potenciales agentes de enfermedades y de tantas actitudes mediocres que empañan la luz del día.


Contrasta bastante que la llamada Ciudad Paisaje hoy merezca ese epíteto casi solo por la belleza de su mar, la singularidad de su bahía, el verdor de la vegetación, la vista del imponente Yunque y ese halo mágico que parece bordear una zona bendecida por la naturaleza.


Si tan lejos estamos del momento en que podíamos imaginar a la primera de las villas y ciudades cubanas como uno de los sitios más limpios de este país, es en buen grado por la cantidad de basura que arroja la gente en las calles, en el malecón, en lugares periféricos donde cada vez hay más microvertederos, y hasta en ríos y playas, o cercanamente.


Con una respuesta que justificara tanta indolencia y falta de sentido común no valdría ni siquiera haber comenzado el comentario que escribo, sin intención de aplaudir en modo alguno el trabajo del personal de servicios comunales aquí, porque sé de la posibilidad de que tampoco se haga todo lo que se debe, y todo lo que se puede.


Pienso que haríamos un acto de justicia si al menos de vez en vez enterramos los lamentos que con razón provocan la paupérrima  disposición de transporte, contenedores, cestos y otros medios para contribuir a higienizar la plaza donde coexistimos, y a la par cuidamos la ciudad como hacemos con la casa.


Así, con seguridad, habría menos desechos, más sentido de pertenencia y quién sabe si hasta un cambio a favor en la tan arraigada costumbre de creer que los males provienen de otros, y la culpa nunca es de nosotros.

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